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Madre María de la Purísima, la santidad que llega sirviendo a los olvidados

El Papa canonizará este domingo a esta mujer madrileña que fue la madre general de la Compañía de la Cruz desde 1977 hasta su muerte en 1998


Roma, 17 de octubre de 2015 (ZENIT.org) Rocío Lancho García

El cuidado de los enfermos pobres es una vocación muy especial. Esa es la llamada a la que las Hermanas de la Cruz responden cada día. Religiosas de vida contemplativa y de vida activa, que salen solamente de su clausura para atender a los más necesitados, a los más abandonados. No es solo una labor de enfermeras, que atienden, cuidan y lavan a los enfermos que no se pueden permitir otro tipo de asistencia médica. Su misión va mucho más allá, es transmitir el mensaje de Cristo y el Evangelio curando las heridas físicas, que muchas veces lleva también a la sanación de heridas mucho más profundas, a las que las gasas o las medicinas no llegan. Una hermosa misión, que lleva a estas hermanas hasta donde no va nadie.

Sor Ángela, la fundadora, fue canonizada en el año 2003 en Madrid por Juan Pablo II. Y este domingo será canonizada la Madre María de la Purísima, que fue madre superiora del istituto durante 22 años. Una mujer que siguió las huellas e imitó a santa Ángela. El ejemplo de su fundadora lo siguió con un tesón infatigable, hasta el punto de no perder ni un detalle del hábito original.

Y este domingo, 18 de octubre, sucederá algo muy poco habitual, todas las hermanas que estarán en la plaza de san Pedro para la canonización, conocieron personalmente a la futura santa y vivieron con ella. Una santidad que se puede imitar, para ellas una santidad no de libro, ni de cartas… Una santidad que se recuerda y que aún permanece en la memoria de sus hermanas. Una santidad del vivir cada día su vocación.

A Roma llegaron en 1966 por petición del jesuita padre Ignacio Gordon, postulador de sor Ángela, fundadora del Instituto de las hermanas de la Cruz. Él pidió a la entonces madre general que dos hermanas fueran a Roma para trabajar en el proceso. Al principio se hospedaban con las religiosas reparadoras hasta que consiguieron una primera casa gracias a la embajada de España. Pero la casa no podía ser solo para llevar adelante la causa de canonización de sor Ángela, tenía que ser también para ejercer su misión: el cuidado gratuito de enfermos pobres y la educación de niñas huérfanas.

De las personas que atienden no cogen nada, ni un céntimo. Y desde la primera anciana que atendieron en Roma, la voz se empezó a correr y así su misión se ha ido extendiendo por la ciudad. En las calles en las que nadie entraba, ellas llegaban a cuidar de los más abandonados. Y a la gente le cuesta entenderlo, unas monjas que de forma gratuita atienden y cuidan a los más necesitados. Incluso en el centro histórico de Roma, en los grandes edificios de la antigua burguesía, se encuentran con la miseria más absoluta. Pisos grandes pero completamente abandonados en los que un enfermo desatendido incluso por su familia, recibe las atenciones de estas hermanas.

Al conocido mercado de Campo di Fiori acudían a comprar comida para cocinar a los enfermos. Y algunos dueños de los puestos de frutas y verduras dejaron de cobrarlas y les preparaban unas cajas porque sabían dónde iban a llegar y querían colaborar de alguna manera. Y entre las personas que les regalaban comida, han visto de cerca verdaderas conversiones.

Las hermanas encuentran en estas personas, a los que nadie más atiende, una fuerte necesidad de alguien que se consagre a ellos, que les oiga, que les cuide.

Mucho es el trabajo por hacer pero también muchas las ganas y el impulso de estas mujeres. Un carisma que nació de una revelación de sor Ángela: contemplando en la oración, vio a Cristo crucificado y una cruz vacía enfrente. Y el Señor la invitaba a crucificarse en esa cruz vacía, “para que le imitara en todo”. ¿Y qué harán mis hermanos los pobres si no les ayudo? se preguntaba. “No puedo estar siempre contemplando, bajaré y les echaré una mano”. Y así nace la misión de estas religiosas: son de vida contemplativa y vida activa. Tienen mucha vida de oración y salen solo de casa para ejercer el ministerio de la caridad. Y esa misión las acompaña día y noche, por eso duermen una noche sí y una uno. Sor Ángela quería que sus hijas fueran “guerreros valientes que lucharan bajo el estandarte de la cruz”.

(17 de octubre de 2015) © Innovative Media Inc.

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