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Chispazos de felicidad

Tengo 4 hermanos, hijos de mi padre con una mujer y otro hermano, hijo de mi padre con su última mujer.
Tengo 2 hermanos de mi papá con mi mamá.

A mis hermanos su mamá se los llevó cuando se separaron. Incluso mi mamá retuvo a mi hermano menor con su familia.
Mi padre nos amó a todos. Mi padre tuvo corazón para recibir incluso a quien no llevaba su sangre.

De tantos hermanos sólo pude disfrutar pequeños chispazos de felicidad.

Mi hermana mayor vivió con mis papás 1 año 7 meses y después de 9 meses de nacida yo mis padres se separaron.
Mi hermana y yo fuimos entonces criadas por mi abuelita paterna y vivimos 3 años felices. Eramos dos niñas amadas y cuidadas. Mi hermana y yo compartiamos nuestros juguetes, compartiamos nuestra ropa. Mi abuelita nos crió muy bien.

Por necesidad de su trabajo, al entrar a la primaria nos tuvo que internar y ahí empezamos a separarnos mi hermana y yo.
La vida en internado para dos hermanas no siempre es fácil y menos para hermanas como éramos nosotras, tan unidas.

Después la cosa empeoró cuando fuímos a vivir a casa de una hermana de mi abuelita porque ella tenía la necesidad de trabajar. Nos trataban de una manera distinta a la que trataban a sus hijos. Mi mamá pagaba la alimentación, ayudaba con los gastos de luz, agua y gas.
A cambio sólo se nos daba el alimento y debíamos realizar tareas como barrer el patio, lavar y alimentar a los puercos y a los pájaros, ir por mandados, etc.

Yo aceptaba las cosas más fácilmente, pero para mi hermana era una ijusticia el que se nos tratara como sirvientas y no como sobrinas a las que se les encargo cuidar.

Mi hermana empezó a enojarse conmigo porque no la secundaba en sus pequeñas venganzas en contra de las injusticias que mis tías hacían con nosotras. Los chispazos de felicidad fueron cada vez más espaciados. Pasamos a ser las cenicientas del cuento.

Y por si fuera poco, mi papá estaba unido a una mujer que tenía una hija y con ella tuvo 3 hijos más. Su mujer no nos cuidaba ni aceptaba como parte de su familia. Pretendía que vivieramos separadas de nuestro padre sólo porque no éramos hijas suyas.

Los chispazos de felicidad fueron muy, muy escasos. Pero hubo uno que no olvido y que llenó mi alma por mucho tiempo.

Mis hermanos hijos de ésa mujer y nosotras durmiendo juntos, en la misma cama, en el mismo cuarto como iguales, sin ninguna diferencia entre nosotros. Jugamos y reímos juntos. Su mamá había salido y por un día tuve realmente hermanos. Todos mis hermanos que yo conocía estábamos reunidos y felices. Reímos y jugamos todos. Y además, mi padre sonriendo feliz y compartiendo con nosotros.

Fué el momento más feliz de toda mi infancia, un momento que no se me olvida y que nunca ha sido opacado por ningún otro recuerdo. Ni viajes y excursiones, ni menciones en Cuadros de honor pudieron superar la gran satisfacción que ése día sentí.

La mañana más soleada y fresca, un concierto de pajaritos entraba por la ventana, las campanas de la iglesia llamaban a misa. Todo era ideal.

Empezamos a arreglarnos para asistir por primera vez juntos a misa, con mi papá, su mujer, mis hermanos y yo, cuando empezó la más fuerte de las peleas entre ellos.

Ella se negaba a que fueran sus hijos que la miraban asustados porque cuando se enojaba, se le veía la cara muy alterada.
Mi padre conservaba la calma dentro de lo posible. Recuerdo que mi papá tenía un cenicero con forma de diablo y ella insistía en que lo tirara a la basura. En ése entonces era muy ferviente. Asistía cada mes a misa a San Judas Tadeo, asistía cada domingo a misa muy arreglada con sus hijos.

Mi padre la acusó de ser una hipócrita. Tanto ir a misa y no tenía amor para darle a dos niñas que no le hacían nada y esperaban de ella sólo su aceptación.

Yo trataba de hacer algo y poner paz. Dentro de mis escasos 8 años de edad, intentaba hacer algo. Saqué el mentado cenicero varias veces para esconderlo y mi padre lo volvía a meter a la casa y le decía que si no le gustaba, lo sacara ella misma si se atrevía a hacerlo.

La cosa se puso muy fea. Ella discutía y alegaba, mis hermanos más pequeños lloraban, mi hermana mayor trataba de consolarlos y yo enmedio de mi papá y su mujer tratando de hacer gracias para calmarlo y tratando de darle gusto a ella para que se calmara.

Ahora veo que éso enfurecó más a mi papá. Ver que una niña era mucho más noble que ella. La cosa llegó al grado de que ella le dijo que se largara con nosotras, que podía salir sóla sin él, que no tenía que soportarnos.

Mi papá nos tomó de la mano y nos salimos. Mi hermano corrió hacia él y se aferró a sus pies. Su mamá lojalaba para que soltara a mi papá. Y mi padre se enojó aún más.
Ella le gritaba a mi hermano que era un niño de escasos 6 años que si se iba con mi papá no lo iba a querer o algo parecido. Mi hermano se aferraba a mi papá.
Mi papá le decía que no tenía corazón ni para cuidar de su propio hijo y que lo estaba lastimando.

Finalmente, mi padre tomó a mi hermano y a nosotras y nos llevó con mi abuelita. Manejó en silencio los muchos kilómetros que había entre el pueblo en que vivía hasta la casa de ella.

Mi abuelita no le preguntó nada cuando llegamos. Mi papá se salió.
A las pocas horas, llegó su mujer por mi hermano. Iba tan enojada que se arrancó contra mi abuelita que se quedó callada ante la tempestad. Sólo le dijo "llévate a tu hijo".
Ella la acusaba de querer quitarselo y de no sé cuántas cosas más. Mi abuelita no abrió la boca .

Fué la última vez que ví a mis hermanos juntos.
Después supe de ellos y fuí a buscarlos. Estaba unida a un señor que la quería y la trataba bien a ella y a las chicas, pero mi hermano no estaba.

Terminaron separándose y ella se quedó con un hijo más. Se cambiaron de casa y les perdí la pista.

Volví a hallarla y volví a buscarlos. Esta vez estaba con su hermana sóla y mis hermanos. -Mi hermano y su hermana mayor trabajaban y ayudaban al sostén de la familia.

En fin. Mi infancia no fué una infancia feliz. Fué una infancia con chispazos de felicidad sólamente.

Pero aún así, soy afortunada. Tuve chispazos.
Mi hermano menor hijo de mi mamá y mi papá no tuvo ni uno siquiera.

Mi madre se lo ocultó a mi papá. Yo supe de él por una conversación que escuché cuando unas primas conversaban. Se alegraban de que a mi mamá le fuera como en feria con el hombre con el cual vivía y con su suegra.
Mi mamá no fué santo de su devoción y seguramente mi padre tampoco, porque también ellas nos trataban como sirvientas y no como familia.

Sucede que mi papá fué criado por sus abuelos maternos al morir su padre. Fué adoptado por ellos como hijo, legalmente. Y vivió en su casa, siendo tratado como hijo y no como nieto. Creo que éso enojaba a la mamá de mis primas.
Mi tío, el hijo mayor de mis bisabuelos, por supuesto se enojaba con ella porque no aceptaba a mi papá como hermano suyo. El lo aceptaba y trataba como tal. Y a nosotras como sobrinas. Era el patriarca de la familia al fallecer su padre.

En ésos tiempos se acostumbraba de ésa manera. Mi mamá tenía un carácter impulsivo y no supo contrarestar los embates de algunos miembros de la familia de mi papá que no lo aceptaban como hijo de sus bisabuelos.

En fin, las relaciones familiares no siempre son sencillas.
Si mi madre hubiera sabido congeniar con la familia de mi padre, otro gallo nos hubiera cantado a todos.

La situación de mi papá en su familia era especial. Fué criado como hijo siendo nieto y éso le acarreó ser tratado con diferencias por algunos de sus "hermanos"

Pues mi hermana y yo pasamos por la misma situación. Fuímos criadas como hijas siendo nietas y nos acarreó también algunas diferencias con los hijos de mi abuelita que eran mayores que nosotros, pero nos agarraban de sus sirvientitas.

Así es la vida. Yo lo entendí siempre, pero a mi hermana se le hizo más difícil aceptarlo.

Mis hermanos son los hijos de mi padre que nos amó, aunque sólo hallamos tenido chispazos de felicidad juntos. Esos fueron suficientes para dejar en mí un gran recuerdo.



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